COSTAS DE JONIA ORIENTAL
MAR EGEO
C.750 A.C
Apoyado en su báculo, un aedo de mediana edad y cuerpo robusto avanza a zancadas sobre las rocas bajo las que se esconden los cangrejos y los pulpos. El agua que entra y sale de las oquedades acompaña el flujo de sus pensamientos.
El aedo ha repetido ante muchas audiencias las genealogías de los antepasados, las proezas de los que fueron a Troya y a la Cólquide, las leyendas de aquel puñado de hombres que en los tiempos antiguos vivieron contiguos a los dioses y que incluso llegaron a disputar con ellos su destino. Rasgando la lira o la cítara e improvisando con su maestría sonoros hexámetros, ha evocado una y otra vez la aurora de los dedos de rosa, las carnes humeantes sobre los trípodes de bronce, la mirada distante de los dioses y la ruidosa caída de los guerreros muertos.
Últimamente, el aedo se siente arrastrado por una tentación desconocida. Quiere llevar los mitos y los versos de la larga tradición en la que se ha criado hacia un poema nuevo: un poema donde lo colosal, lo oculto y lo eterno aparezcan al lado de lo humano, donde la muerte de un enemigo sea narrada con el mismo dolor que la de un aliado, donde se muestre verdaderamente que no hay sobre la tierra nada más miserable y más grandioso que el hombre.
_Perdo Olalla


















